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Historia de un secuestro con final feliz, 32 años después

Li Jingzhi es una mujer china que ha entregado más de la mitad de su vida a buscar a su hijo perdido. Muchos fueron los obstáculos y las falsas esperanzas, pero afortunadamente en mayo del pasado año logró su añorado encuentro. Aquí está la historia de este secuestro con final feliz.

La vida familiar de Li Jingzhi antes de perder a su hijo era tranquila y feliz. Los paseos al zoológico en Xian, provincia de Shaanxi, junto al niño y su esposo, eran inexcusables cada semana para divertirse y relajarse.

Mao Yin, como se llamaba el pequeño, adoraba esas salidas y aprovechaba para cuestionar todo lo que veía. Una de las anécdotas preferidas de su madre fue cuando capturó un gusano en el suelo y lo llevó con él sin que nadie lo supiera hasta casi salir del zoológico.

La pareja solo tenía un hijo, ya que era la política reinante en China en esos momentos. Al no poder concebir otro hijo, Li Jingzhi aspiraba a que su niño fuera un excelente  alumno y se convirtiera en un hombre honesto y triunfante. De ese deseo nació el mote que le puso: Jia Jia, que quiere decir “grande” en chino.

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La rutina familiar de Li Jingzhi y su esposo era trabajar, y mientras, Mao Yin se quedaba en una guardería. Cuando volvían a la casa pasaban por el niño. Cada tarde jugaban madre e hijo y la vida, en sus palabras, era feliz.

El trabajo de Li Jingzhi era en una empresa exportadora de granos. Por ello en ocasiones, específicamente en tiempos de recolección, debía hacer recorridos por los cultivos de los proveedores. Esos recorridos tardaban unos días, días que estaba lejos de su familia, pero que confiaba en el cuidado de Jia Jia por su esposo.

Durante una de sus estadías fuera de casa, sus jefes le pidieron volver debido a una situación urgente. Era el año 1988, y la tecnología de las comunicaciones aún no tenía el desarrollo con que cuenta actualmente. La noticia le llegó en un telegrama que anunciaba: “Emergencia en casa; regresa ahora mismo”.

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Al llegar a Xian le esperaba una espantosa novedad: Mao Yin estaba extraviado. Cuando su jefe le dijo esa información todos los sentidos de Jingzhi se ensombrecieron. Aun así, creyó que sería una situación pasajera y que hallarían rápido al niño.

El padre argumentó que luego de pasar a la guardería por Jia Jia, tuvo que detenerse en un hotel, propiedad de la familia, en busca de agua para el niño. Solo demoró un par de minutos, en que Jia Jia estuvo solo. Cuando volvió a su lado, ya no estaba.

Una semana luego de la desaparición, sin noticias sobre el paradero del niño, las expectativas de un rápido hallazgo se esfumaron para Li Jingzhi. Ahí fue cuando comprendió la gravedad de los acontecimientos.

Entonces comenzó su búsqueda. Indagó sobre Mao Yin en lugares cercanos al hotel. Elaboró carteles con fotos e información del niño y los ubicó en todos los lugares de salidas de la ciudad, estaciones de tren o de ómnibus. Adicionalmente publicó anuncios en los periódicos de Xian reportando la desaparición. Pero ya era un poco tarde.

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No lograr avances en la investigación hizo que Li Jingzhi se sintiera rota, desolada y adolorida. Cada vez que miraba las pertenecías de su hijo, sus muñecos, sus ropas, las lágrimas saltaban de sus ojos.

Lo que ignoraba Li Jingzhi era que varias familias pasaban por su misma desesperación. En China se vivía entonces un tráfico intenso de infantes, acrecentado por las leyes del país.

Ante la expansión de la población china, y el incremento de los males sociales producto de ello, el gobierno instauró la ley de un hijo en 1979 para tratar de atenuar el crecimiento poblacional. La ley instituía que los matrimonios citadinos solo podían engendrar un hijo, mientras que los rurales podían contar con dos si la primogénita era hembra.

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De esta forma, los matrimonios que deseaban mantener el nombre familiar a través de un hijo varón, veían limitadas sus expectativas. Si tenían un segundo hijo no solo pagarían multas elevadas sino que ese hijo no sería considerado por los servicios sociales.

Las consecuencias de esa ley fueron impactantes. Los secuestros de niños se dispararon, particularmente los de los varones. Pero todo ese escenario pasaba desapercibido para Li Jingzhi. Para ella, las notificaciones televisivas sobre desapariciones de niños en aquella época, eran porque simplemente se habían extraviado.

 

Naturalmente, cuando Jia Jia se extravió, Jingzhi atacó a su esposo con la culpa. Más calmada, lo meditó y reconoció que solo hallarían al niño si trabajaban en equipo. No obstante, el tiempo separados de su hijo y la necesidad de encontrarlo fue haciendo mella en el matrimonio hasta que se separaron cuatro años más tarde.

Aun pasado ese tiempo, la madre seguía empeñada en hallar al niño, y por eso siguió buscándolo. Para ello empleaba todo su tiempo libre en seguir señales que la condujeran hacia su bebé. Trabajaba de lunes a viernes y nada más finalizar su semana de trabajo salía a indagar en las provincias cercanas.

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Cualquier señal avivaba su espíritu y le daba fuerzas para continuar. Por ejemplo en 1988, hizo una larga travesía siguiendo pistas de una familia que adoptó un niño de Xian, similar a su hijo.

Primero fue hasta la localidad de Shaanxi y de ahí al campo, solo para descubrir que el matrimonio había regresado a Xian. De inmediato volvió a la ciudad y transcurrieron horas de pesquisa en lo que conseguía la dirección del matrimonio.

Al llegar allí, el arrendatario le informó que solo habían pasado, dos días antes, de camino a otra localidad. Fue tan rápido como pudo hacia esa zona y nuevamente, luego de averiguar entre hoteles y largas horas nocturnas, fue ineficaz la indagación: ya se habían ido.

Entonces decidió localizar los padres del esposo o de la esposa. Salió de madrugada a la casa de los padres del esposo y tampoco los encontró allí. Como llevaba dos días en que no dormía ni comía adecuadamente, sus fuerzas cedieron y se vio obligada a interrumpir el viaje, detenerse y recuperar su vigor.

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Una vez que repuso sus fuerzas volvió a la pesquisa y halló al matrimonio. Pero todo su ánimo se evaporó cuando constató que Jia Jia no era el niño adoptado.

Fue un duro golpe para Jingzhi. Tras haber focalizado todo su ser en esa travesía, el hecho de no terminar con su hijo en brazos la desestabilizó mentalmente, preocupando a su madre y su hermana. Incluso llegó al punto de escuchar al niño como si estuviera con ella.

Todo lo que podía pensar era en su pequeño perdido, desde que abría los ojos en la mañana hasta que se dormía. Con miedo de enfermar de los nervios, y atendiendo a las peticiones de su familia y un amigo médico, accedió a buscar ayuda hospitalaria.

Desde ese momento su conciencia se centró en continuar la indagación, lo más calmadamente posible. Y tuvo ayuda de su hermana, quien recogió y guardó las pertenencias de Jia Jia, para hacer más llevadera para Jingzhi la estancia en su casa.

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Fue también por ese tiempo que Jingzhi conoció la suerte de otras parejas que compartían su desconsuelo por hijos perdidos, dentro y fuera de Xian. Así que se unieron y crearon una organización a través de toda China.

De esta forma, las familias se apoyaban recíprocamente con acciones como la divulgación de volantes y de información sobre los niños que pudieran terminar en sus provincias. Además indagaban por señales de todos los niños y cualquier pista descubierta llegaba a los padres.

A pesar de toda la red de apoyo, Jingzhi no recibía la felicidad de hallar a su Jia Jia. Ni aun recorriendo diez provincias de China lo pudo hallar.

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19 años después de perder a su niño, Li Jingzhi se unió a los voluntarios que obraban desde un sitio web encaminado a romper la separación entre familias e hijos perdidos. Aunque no tenía signos de dónde estaba Jia Jia, la soledad ya no era su compañera. Junto a ella trabajaban muchas personas y la dicha de reunir otras familias era muy gratificante.

En 2009 algunas cosas cambiaron para su suerte. Apareció una base de datos de ADN, creada por el gobierno chino con el fin de inventariar el ADN de los matrimonios cuyos hijos se habían perdido, o de personas con indicios de haber sido alejados de sus padres biológicos.

La base de datos vino a facilitar las reunificaciones e hizo notar que un elevado porcentaje de los niños perdidos eran varones. Casi todos habían resultado vendidos a parejas de campesinos que no podían concebir o no tenían varones.

A partir de las acciones del sitio web, la base de datos y varias organizaciones más, Li Jingzhi posibilitó el enlace de 29 parejas con sus hijos. Y aunque era placentero para ella la ayuda que brindaba también le dolía que no fuera su Jia Jia el aparecido.

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Sin embrgo, no dejó que el dolor la detuviera. Incluso se identificó con esas parejas y asumió que Mao Yin volvería a ella algún día.

Pero el destino no le puso fácil la labor y un gran obstáculo fue la muerte de su madre en 2015. La madre de Li Jingzhi, uno de sus grandes apoyos a lo largo de los años, falleció a los 94 años, extrañando a su nieto, y completamente convencida de que aparecería.

Antes de morir, quedó inconsciente y Jingzhi le prometió que no cejaría en su empeño. Ya no era solo su sueño más grande, sino también la promesa hecha a su madre. Por cosas de la vida, la anciana murió el 15 de enero, el día del cumpleaños de Mao Yin.

Con el recuerdo de su madre y su hijo unidos en un mismo día, Li Jingzhi no se rindió. Y finalmente el 10 de mayo de 2020, Día de las Madres, sus rezos fueron escuchados.

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Previamente, en el mes de abril, una persona anónima le envió una foto de un hombre adulto que había sido raptado en Xian cuando niño. Jingzhi comprobó junto a las autoridades locales, mediante software de reconocimiento facial, que se trataba de un hombre habitante de la ciudad de Chengdú, provincia de Sichuán.

La persuasión de la policía posibilitó que el hombre accediera a probar su ADN, el 10 de mayo, y el enlace hallado fue concluyente. La Oficina de Seguridad Pública de Xian telefoneó a Li Jingzhi y le comunicó las buenas nuevas.

Tras una segunda ronda de pruebas, en la semana posterior, no quedaron incertidumbres: el hombre era Mao Yin, su amado hijo. Fue ahí que Jingzhi se atrevió a creer en el hallazgo. Tras 32 años de desvelos e ilusorias y decepcionantes señales su penosa travesía estaba concluyendo.

La visita para ver a su hijo se fijó para el día 19 de mayo. Los nervios la agobiaban y las dudas invadieron su cabeza. Mao Yin ya tenía su propia familia y negocio.

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Li Jingzhi temía la respuesta de Jia Jia al verla. Al fin y al cabo podía haberla olvidado, y por tanto no querer aceptarla o incluso rechazarla. En su mente imaginaba que su hijo se resistiría a sus abrazos, y eso podría matarla de dolor y tristeza.

Como esta desaparición en particular, era bien conocida en China, debido a las charlas televisivas de Jingzhi sobre niños desaparecidos, la reunificación fue de sumo interés para los medios. Por tanto participaron con una emisión en vivo en el momento de encontrarse madre e hijo.

El 19 de mayo, la Televisión Central de China (CCTV) mostró a todo el país el impresionante instante en que Mao Yin apareció en la puerta de un salón de la Oficina de Seguridad Pública de Xian corriendo con los brazos abiertos hacia Li Jingzhi mientras la llamaba “Madre”.

Ambos padres lloraron junto a su hijo perdido. Jingzhi recordó que de la misma forma la perseguía de niño.

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Luego del emotivo encuentro ella conoció la historia detrás del secuestro. Al niño lo vendieron en la provincia de Sichuan por la suma de 6000 yuan (840 dólares en la actualidad), tras unos años de ser robado de sus verdaderos padres. La compra la realizó un matrimonio sin hijos y le llamaron Gu Ningning.

Todos los niveles de enseñanza los cursó en la ciudad de Chengdú. Como una burla del destino, Jia Jia señala haber observado una de las entrevistas a Jingzhi en las noticias años antes, y haberla apreciado como una mujer entrañable y afectuosa. Incluso notó su semejanza con el niño de la foto que ella exhibía, pero no se relacionó con él.

El mes siguiente al encuentro Mao Yin lo pasó en Xian, alternando entre sus dos padres. Mientras estuvo con Jingzhi ella intentó que recuperara su memoria con recuerdos infantiles guardados en antiguas fotografías.

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Pero es normal que Jia Jia no activara ningún recuerdo del tiempo que vivió con sus padres biológicos cuando era niño, porque solo tenía 4 años cuando fue adoptado. Ello inquieta el corazón de Jingzhi porque sabe que su hijo quiere tener algo a lo que aferrarse de esa época, pero no puede.

Otra manera que buscó Jingzhi para enlazar a Jia Jia con su pasado fue llevarlo a un observatorio del paisaje de Xian que habían frecuentado juntos. Pero allí aprendió que el pasado no se puede traer al presente.

Tenía ganas de cargar a Jia Jia durante la subida, pero notó que ya jamás podría cargarlo en brazos, porque ya había crecido. Bromeó con él preguntándole por qué no volvía a ser un niño de 2 años y 8 meses.

Había creído que cuando lo encontrara, ambos podrían simplemente retomar su vida donde quedó, pero ya era irrealizable. El instante en que Jia Jia tuvo casi 3 años y ella 28 ya había pasado mucho tiempo atrás.

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Actualmente Mao Yin sigue su vida en Chengdú y su madre en Xian. Aunque Jingzhi quisiera tenerlo con ella reconoce que él tiene una vida hecha en otro lugar, con otra familia y no quiere entrometerse allí. De todas formas ella tiene la certeza de que él está bien y puede llamarlo cuando quiera.

Mediante la red social WeChat hablan todos los días y acrecientan su amor y confianza mutua. Aunque la separación los afectó han sabido rescatar su relación.

Por otra parte, Mao Yin decidió no aceptar entrevistas y tampoco se han difundido noticias relacionadas con sus padres adoptivos. El secuestro aún no está resuelto, pero Jingzhi confía en la responsabilidad de la policía en ese sentido para sancionar a los perpetuadores.

Ahora en su agenda la prioridad es hacer un nuevo álbum de memorias con Jia Jia, y no ha perdido tiempo fotografiando todos los momentos con él. La foto de los dos juntos el día siguiente a encontrarse es su preferida, porque ambos desbordan paz y dicha.

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Como planteamientos finales, Jingzhi destaca que últimamente han disminuido los secuestros de niños, por la acción conjunta de los medios de difusión y el gobierno chino. No obstante, ese día de dicha que ya ella vivió no ha llegado para muchos padres e hijos. Por eso alerta que su labor para con esas familias no cesará.